DIME VAINILLA Y DIRÉ SI QUIERO.

Imagina que estás ante un mostrador sin fin de helados. Cientos de colores y carteles avasallan tus tímidos ojos y tu mente se bloquea con la poco escueta lista de nombres e ingredientes. Esto todo pasa en pocos segundos. Tú, mientras, tienes que elegir.

Es normal tener miedo ante cualquier elección, ya que el verdadero problema de la selección es el rechazo de las demás no-tan-buenas opciones. Como buenos consumidores de la sociedad occidental queremos todo, y por ello somos tan malos candidatos a una elección rápida y libre de arrepentimientos.

Con los helados puede ser fácil. Basta con caer en el tópico siempre aceptado por todos, sabor a vainilla. Vas a quedar contento con tu decisión, aunque nunca se despejará del todo la duda del por qué no probaré algo mejor (algún día).

Lo mismo con todo.

Por eso en este país (parece mentira que yo esté hablando de política, pero sí) tenemos un bipartito en nuestra “democracia”. Y bien definido. Rojos de izquierdas. Grises o lo que fueran sus antecesores más radicales, de derechas, pintados ahora de azul oscuro. Tomamos un camino y nos quedamos satisfechos. Ya podemos comenzar a formar argumentos en contra del contrario. Pero…
¿qué pasa si tenemos muchos más partidos a elegir?

Pues pasa que no sabemos.
Que un mar de información colapsa nuestras páginas de explorer abiertas en el smartphone y wikipedia no resuelve a darnos una válida respuesta a nuestra indecisión. Pasa que se rompe la estabilidad social. Pasa que nos atascamos y no queremos, no podemos nadar entre tantas opciones.

Veamos el tema de las compañías telefónicas. Una roja y la otra azul, son también las mayoritariamente escogidas. Coges una u otra por una razón o por otra y listo. Pero… Yo no sé de cual de esas que venden los megas justos y todo por menos dinero al mes, y sin permanencia, fiarme. No estoy dispuesta a tener que hacer tan ardua investigación, y así puede que me pierda nuevos sabores en el cucurucho tecnológico.

Esto es así también en el amor, aunque nunca lo hayamos dicho, pensado o escrito. No pensamos en la vasta extensión del mundo y las posibilidades de que una persona perfectamente compatible, o varias, estén escondidas en alguna esquina de algún lugar lejano. No. Nos enamoramos de nuestros vecinos del pueblo que juegan con nosotras en el parque de nuestra infancia, o nuestros “colleagues” de trabajo o cercanos alrededores. Ellos son los sabores perfectos para la boca del asno o desconocedor.

Por lo mismo que antes, no podemos vivir entre semejante marea de posibilidades, no tenemos capacidad para lidiar con un mundo competente en helados y compañías telefónicas, y globalizado en comunicaciones, porque ante una fila de candidatos, acabaríamos por escoger al manido (usado) vecinito de al lado, nuestra vainilla de toda la vida.

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Psychologist / Ph.D. Student / Writer / Fashion, Art & Cinema lover / Vegetarian /

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