EN EL MOMENTO AZUL

Y me dejé caer en el momento azul. Mis pies balanceándose en las aguas saladas de una piscina artificial. Y el zumbido de los tubos de agua. Y el sol que cegaba. Y en esto un remolino traía la desolación. Muerte. Una mariposa arremolinaba en círculos, la miraba con tristeza danzando, dibujando una materia definida en las ondas titubeantes del agua, reflejos del sol. Junte mis manos y la dejé caer, plácida, en la cuenca de las mismas. Pero cambió. Sus alas ya no estaban extendidas, solo ella, su cuerpo inerte y las alas plegadas, cautiva en un mundo al que ya no pertenecía.

La dejé seguir el rumbo de la nada. Y algo maravilloso sucedió, volvió a florecer.

¡Qué bien le sentaba la muerte!
Con sus cuatro alas de nuevo abiertas la dejé seguir su camino.

DIME VAINILLA Y DIRÉ SI QUIERO.

Imagina que estás ante un mostrador sin fin de helados. Cientos de colores y carteles avasallan tus tímidos ojos y tu mente se bloquea con la poco escueta lista de nombres e ingredientes. Esto todo pasa en pocos segundos. Tú, mientras, tienes que elegir.

Es normal tener miedo ante cualquier elección, ya que el verdadero problema de la selección es el rechazo de las demás no-tan-buenas opciones. Como buenos consumidores de la sociedad occidental queremos todo, y por ello somos tan malos candidatos a una elección rápida y libre de arrepentimientos.

Con los helados puede ser fácil. Basta con caer en el tópico siempre aceptado por todos, sabor a vainilla. Vas a quedar contento con tu decisión, aunque nunca se despejará del todo la duda del por qué no probaré algo mejor (algún día).

Lo mismo con todo.

Por eso en este país (parece mentira que yo esté hablando de política, pero sí) tenemos un bipartito en nuestra “democracia”. Y bien definido. Rojos de izquierdas. Grises o lo que fueran sus antecesores más radicales, de derechas, pintados ahora de azul oscuro. Tomamos un camino y nos quedamos satisfechos. Ya podemos comenzar a formar argumentos en contra del contrario. Pero…
¿qué pasa si tenemos muchos más partidos a elegir?

Pues pasa que no sabemos.
Que un mar de información colapsa nuestras páginas de explorer abiertas en el smartphone y wikipedia no resuelve a darnos una válida respuesta a nuestra indecisión. Pasa que se rompe la estabilidad social. Pasa que nos atascamos y no queremos, no podemos nadar entre tantas opciones.

Veamos el tema de las compañías telefónicas. Una roja y la otra azul, son también las mayoritariamente escogidas. Coges una u otra por una razón o por otra y listo. Pero… Yo no sé de cual de esas que venden los megas justos y todo por menos dinero al mes, y sin permanencia, fiarme. No estoy dispuesta a tener que hacer tan ardua investigación, y así puede que me pierda nuevos sabores en el cucurucho tecnológico.

Esto es así también en el amor, aunque nunca lo hayamos dicho, pensado o escrito. No pensamos en la vasta extensión del mundo y las posibilidades de que una persona perfectamente compatible, o varias, estén escondidas en alguna esquina de algún lugar lejano. No. Nos enamoramos de nuestros vecinos del pueblo que juegan con nosotras en el parque de nuestra infancia, o nuestros “colleagues” de trabajo o cercanos alrededores. Ellos son los sabores perfectos para la boca del asno o desconocedor.

Por lo mismo que antes, no podemos vivir entre semejante marea de posibilidades, no tenemos capacidad para lidiar con un mundo competente en helados y compañías telefónicas, y globalizado en comunicaciones, porque ante una fila de candidatos, acabaríamos por escoger al manido (usado) vecinito de al lado, nuestra vainilla de toda la vida.

ANATOMÍA DE UN INSTANTE. SECCIÓN TRANSVERSAL

En ese momento en el que se para el tiempo y por fin lo ves. Tú, en medio del espacio-tiempo, en una horquilla misteriosa donde tienes el poder de frenar su avance. Eso solo pasa cuando lo que viene después desearías que no hubiera pasado, pero inminentemente está pasando. Dices NO. Pero ese no te es negado. Pasa. Y nada es igual. Te parece una tontería como unos segundos tan cotidianos pueden desencadenar un fin totalmente diferente al estado justamente anterior, un abrir y cerrar de ojos y esa apertura significa una visión completamente distinta.

Un accidente

Es mirar al tiempo a los ojos y decirle: no sigas.

 

 

El tiempo lo es todo.

Es lo medible de la vida. Sin él, ella no sería. Sería otra. La vida, es, porque la muerte está. Y todo danza en la línea del tiempo. La fina y delgada, resbaladiza, linea flotante del tiempo.
ES LA IRREVERSIBILIDAD DE UN MORATÓN.
Ahora lo tienes, ahí está  y antes, antes la pierna era perfecta. El moratón aún no había pasado. Pero un evento inamovible, imborrable, irreversible lo cambia todo.

Es tan fino el delicado equilibrio entre los segundos antes y los después de un accidente. Y en el medio, nada. Vacío.  Sin tiempo.
Un nudo en la cuerda del tiempo.
Una herida, sangre coagulada.
Una astilla, allí y y luego en tu dedo. Perdida en la dermis.
Una taza perfecta decide marchar al rincón de trozos de porcelana en la basura.
Una transformación.
Un agujero de gusano que te lleva a otra realidad distinta, sin posibilidad de dar marcha a la realidad que dejamos detrás.

EL TIEMPO LO ES TODO

EL AQUÍ Y EL AHORA. TODO ES RELATIVO. EL TIEMPO ES RELATIVO. NOS ENAMORAMOS DE LAS ALMAS. Y UN PÁJARO MUERTO

Hace un año, en ABRIL, me hice un tatuaje. Una línea rodeando todo mi brazo derecho con una rosa de los vientos el antebrazo interior. Mi significado: serendipity. En un tiempo y en un lugar. Y cuando coinciden esas dos dimensiones, tiempo y espacio, se da un fenómeno mágico, y pasa lo que tenía que pasar, lo que está escrito en el carro del destino que no para de girar. EL AQUÍ Y EL AHORA.

Hoy fui a correr y al volver, como me dolía la rodilla, paré a estirar dónde nunca me paro, una jardinera con forma de semicírculo en frente de un paso de peatones.

Pierna derecha. Cuadriceps. Una abeja. Qué bonita. Ui! que no me pique que soy alérgica.
Pierna izquierda. Tururú. Un pájaro muerto. Ole. ¿Por qué tengo que ver yo hoy esto?

Como nunca me paro ahí hoy me paré y vi un pájaro muerto, que supongo que no está ahí todos los días, supongo otra vez, que tengo que aprehender en el aire una valiosa lección. Mi padre, más sabio que yo en cosas zen, me indica que el sentido de la vida es aceptar la muerte y comprender la crueldad de la naturaleza. Y además debemos ver lo positivo, el pájaro ladeado con una ala cubriendo su rostro seco y frío, daba de comer a un enjambre de hormigas hambrientas, que atravesarían su plumaje espeso sin dificultad (imagino yo). Más aún, apostilla que no debo mantener esa actitud protectora conmigo misma de no querer ver la realidad, porque por mucho que no mire, sigue estando ahí. Lo malo es tener una piel hipersensible que no tolera la mínima brutalidad en el reino animal.

Y entonces rememoro pasajes extraños de libros que hacen apología del LSD (Ética para Alicia_ Racionero) y citan batallas entre familias: “Mata a tus primos, qué más da, ellos ya están muertos en algún punto de la línea del tiempo” ( o algo así). EL TIEMPO ES RELATIVO, pero el LSD peligroso.

Y entonces, mirando a mi gato más gordo y pensando en la flaca con piel dañada, pienso,
no quiero perderlo
es el Lucky,
tiene su personalidad y su forma de ser, por fuera es un gato,
pero si se fuera echaría de menos todo lo que es.

¡VOILÁ!                  NOS ENAMORAMOS DE LAS ALMAS.
Nos encaprichamos de eso que no podemos retener pero que podemos sentir. De la idea de una persona en nuestra cabeza. ¡Mira que somos narcisistas! Nos enamoramos del espacio que esa persona ocupa en nuestra mente. De una descripción narcisista y subjetiva de un ente externo. Una imagen lo más bucólica posible del ser querido.

Y cuando se muere el pájaro, ¿qué hacemos con ese compartimento de pájaro que ocupaba dentro de nosotros? ¿También se muere? Quizá sea esa la pérdida que sentimos tan NUESTRA, la de el borrón de un cajón de nuestra recóndita cabeza. Una parte de nosotros en la que habíamos puesto tanto y de la que ahora debemos prescindir o reubicar. El alma de la que me enamoré abandona mi mente y por eso se queda vacía.

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Una página en blanco

No hay nada más excitante que una hoja en blanco (para un escritor, claro),
al mismo tiempo, no hay nada más inquietante que la incertidumbre de no saber
qué viene después, qué palabras rellenarán con su tinta
el agujero caliente de mi memoria.

Pero eso es la vida. Un reto constante a los parámetros de la rutina.
Cambio. Cambios.
La estabilidad, tan añorada, es la excepción.

Los rápidos, las corrientes, son el timón que
nos dirige por el camino de descenso.
Cuenta atrás. Ya falta poco.
Pero nunca sabes cuanto.
Nunca sabes.

Caminar de puntillas por la cornisa de un edificio en construcción,
con los ojos vendados.
A ciegas, das un paso.
Y no sabes hasta que pisas si has acertado.
Pero,
no hay nada más excitante que una página en blanco.